Una vez pasada la fiebre del 14 de febrero, cualquier día es bueno para celebrar que se está enamorado. Porque en realidad, aunque no lo parezca, uno también está enamorado los 364 días restantes, digo yo. En mi opinión el colmo de la celebración de San Valentín es la "tradición" de hacer regalos. Porque, ¿qué valor tiene algo que te regalan por obligación o por costumbre? Los regalos que guardo con más cariño son aquellos que me traen recuerdos de momentos o de personas especiales que han pasado por mi vida. Ninguno me lo han regalado en San Valentín porque la magia del amor es que es algo espontáneo que no entiende de momentos. Hay más amor en una mirada, una sonrisa, unas palabras, un momento compartido... que en mil regalos del Corte Inglés. Y lo mejor es que para amar no hacen falta excusas, cualquier momento es bueno.
Claro que ya puestos, os habéis preguntado alguna vez de donde viene, por ejemplo, la tradición tan extendida de regalar rosas rojas en San Valentín. Pues bien, según parece esta tradición surgió en Inglaterra, durante los siglos XVIII y XIX, cuando debido a lo estricto de los códigos morales victorianos, cualquier tipo de comunicación verbal o escrita de las emociones y sentimientos era no sólo mal vista, sino totalmente prohibida.
Por esta razón, entre los enamorados de la época surgió la necesidad de buscar otro medio para comunicar sus mensajes de amor, pasión o admiración y las flores fueron las elegidas. Pronto las rosas se convirtieron en el lenguaje universal utilizado por los enamorados para expresar sus sentimientos, de manera sutil y discreta.
No en vano la rosa roja era ya reconocida desde tiempos inmemoriales, como uno de los símbolos universales del amor. Los griegos, por ejemplo, asociaban a esta flor con Afrodita, diosa del amor y la belleza. Los romanos consagraban las rosas rojas a su propia diosa del amor, Venus. Más tarde, la mismísima Cleopatra utilizaría decenas de ellas para tapizar su alcoba cada vez que esperaba tener un encuentro con su amado Marco Antonio.
Pues bien, a pesar de todo, rosas es lo que yo quería haber hecho este fin de semana. Después de volver de Málaga tenía muchísimas ganas de experimentar con la técnica de la pasta de goma que aprendimos en el curso, probar otra vez con las rosas y alguna cosita más. Pero cuando fui a echar mano de los ingredientes, ¡horror!, la glucosa había sesaparecido así que como aquí es imposible comprarla, tuve que improvisar algo sencillito para cumplir con un encargo que me habían hecho. Menos mal que en el super encontré estos corazoncitos para darle un poco de alegría a los cupcakes. Y ya que no podía hacer mucho más les hice tmabién un traje de gala. Al final han quedado hasta bonitos.




