lola

Cordero asado con vinagreta de granadas ǂ un toque griego espectacular

Estamos casi en Navidad y hubiera sido imperdonable por mi parte no compartir con vosotros esta receta que es simplemente espectacular y que causa sensación desde el mismo momento en el que la sacas a la mesa. No, no es sólo el impacto visual. Todavía recuerdo el primer día que la preparé, las caras de asombro de los comensales. Aunque es cierto que al ver las granadas hubo quien se temía lo peor, también lo es que su cara cambió radicalmente al probar el primer bocado. Me encanta cuando después de unos segundos de silencio se empiezan a escuchar los primeros uuuuummmmms, seguidos de "esto está muy rico". Y  no creáis que esta vez era tarea fácil porque todos los comensales habían probado el cordero asado con la vinagreta extraordinaria que prepara mi madre y no era sencillo salir airosa de la inevitable comparación. 
Desde pequeña recuerdo siempre las Navidades con el sabor de esa vinagreta acompañando a los asados. Cuando era niña la veía como si fuera una pócima mágica que transformaba todo lo que tocaba en algo insuperable. Cuánta razón tenía y es que hay mucho de magia en la vinagreta que prepara mi madre, tanta que parece como si el hechizo funcionara sólo con ella. Por más veces que lo he intentado a mi nunca me sale igual aunque siga sus instrucciones al pie de la letra. ¿Será que sólo ella conoce la pócima secreta? En fin, que cuando no puedes superar algo, lo mejor es hacer otra cosa totalmente diferente.

Y eso fue precisamente lo que hice: crear mi propia vinagreta inspirándome en la receta de mamá y en una receta griega del maravilloso libro de María Bernardis del que ya os he hablado en otra ocasión. El resultado, como os decía, fue una auténtica delicia. Vamos, hasta mi madre sucumbió a sus encantos. Creo que esta vez la magia la hice yo (je,je,je) y ahora también podéis hacerla vosotros. ¿Queréis saber cómo? Pues pasad hasta la cocina....

Ragú de níscalos a mi manera ǂ estilo comfort food

Seguro que más de uno estará tentado de no leer esta entrada porque los níscalos no son santo de su devoción. Si os digo la verdad, yo misma he pertenecido a ese club durante mucho tiempo. En realidad, siempre he disfrutado más cogiéndolos que comiéndolos. Pero eso ya es cosa del pasado. Ahora he descubierto que me encantan y la culpa la tiene la receta que hoy quiero compartir con todos vosotros. Quién sabe si a lo mejor os pasa como a mi.

En mis andanzas culinarias he descubierto que, no en pocas ocasiones, el hecho de que algunos alimentos no resulten especialmente apetecibles, tiene más que ver con su preparación que con su falta de potencial. Sucede como con las personas. A algunos ingredientes, cuando les das otro toque, parece como si les hubieran pasado el Photoshop. Vamos que no los reconoce ni la madre que los parió.
La verdad es que tengo que darles las gracias a mis tíos de Ontalvilla (Armando y Josefina) porque sin los níscalos que nos regalaron hace poco, nunca me habría puesto a experimentar y no habría disfrutado de esta experiencia inolvidable. Como sé el cariño con el que mis tíos los recogieron para nosotros pensé que tenía que darles un destino que estuviera a la altura de las circunstancias y a juzgar por los comentarios en la mesa creo que lo he conseguido porque fue de esas veces en las que entre los comensales hubo absoluta unanimidad. Ahora ya sé que el año que viene estaré esperando impaciente la llegada del otoño para preparlos otra vez.

La verdad es que el ragú aromatizado con vino de Jerez resulta por si solo espectacular. Pero si además le añadimos unos huevos y patatas fritas y un toque final que luego os desvelaré, el resultado es un plato que si le dáis una oportunidad estoy segura de que os conquistará. ¿Queréis saber cómo prepararlo?