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Delicioso pollo a la HORTENSIA con salsa de pimientos y almendras al brandy

Hoy mi yaya Horten, mi sorianita (como le decía yo), habría cumplido 94 años. Parece mentira que ya hayan pasado catorce meses desde que falleció. Pero no quiero ponerme triste, al contrario. Como hoy era su cumple quería dedicarle este plato que a ella le habría encantado, por eso he decidido ponerle su nombre. Qué mejor homenaje que una receta tan extraordinaria como ella, elaborada con un pollo criado en casa por sus sobrinos (Armando y Josefina) en su pueblo, en su Ontalvilla de Valcorba (Soria). ¡Cómo lo habría disfrutado! Además de que la materia prima es extraordinaria, viene cargada de recuerdos. Los míos se remontan a la infancia, cuando en mis visitas al pueblo ayudaba a mi abuela a desplumar algún pollo de la tía Pilar o unos pichones, o la acompañaba a recoger los huevos que habían puesto las gallinas. Entonces no tenía ni idea de lo afortunada que era de poder compartir con ella todas esas experiencias, todos esos momentos que para mi estaban llenos de magia. La magia de descubrir el verdadero significado de las cosas.

 
Quienes hemos tenido la suerte de probar un pollo de verdad sabemos que su sabor y su textura son insuperables, nada que ver con los que venden en el super. Pero hasta que el pollo de casa llega a la cazuela hay un proceso previo que no podemos saltarnos. En primer lugar, una vez que se ha sacrificado al animal, deber de ser introducido de inmediato en un cubo o cazuela grande con agua caliente (casi hirviendo) para escaldarlo y facilitar así el desplumado que se realizará a continuación. Después de que le hemos retirado las plumas, el pollo todavía seguirá teniendo algunos pelillos (como veis en la fotografía) así que para quitárselos lo mejor es socarrarlo. Hoy en día nos serviría un soplete de los que se emplean en repostería. Es fácil, en un par de minutos habremos acabado y ya tendremos el pollo listo para cocinar.

Como veis, todo esto que nos ahorramos cuando cogemos la bandejita del super aunque claro, el sabor también nos lo dejamos por el camino. De todos modos, los que no tenéis la suerte de disfrutar con un pollo criado en casa, podéis probar igualmente esta receta porque la combinación de sabores es extraordinaria. Como os podéis imaginar cuando tenemos una materia prima de excelente calidad, la preparación tiene que estar a la altura de las circunstancias y esta receta lo está, os lo aseguro, así que si os animáis a probarla no os defraudará. Es de esas recetas que acaban cosechando la unanimidad de todos los comensales. Preparad la barra de pan porque con el pollo a la Hortensia la vais a necesitar.

Tortas de manteca para mi yaya Hortensia

Bueno, después de mucho tiempo ya estoy aquí otra vez. En primer lugar quiero daros las gracias a todos los que durante estos meses habéis preguntado por mi y me habéis escrito para saber si todo iba bien. Gracias por vuestra paciencia cuando no he tenido tiempo para responderos de inmediato y un millón de gracias más por el cariño con el que siempre me tratáis. La verdad es que es un lujo contar con amigos como vosotros, ya solo por eso este blog vale la pena. Gracias de verdad.

Para los que no lo sabéis, el motivo de mi ausencia durante estos meses es que mi abuela ha estado muy malita. Empezó a encontrarse mal a mediados de julio y desde entonces ha estado ingresada en el hospital prácticamente todo el tiempo, hasta hace pocos días cuando finalmente falleció. La verdad es que han sido unos meses duros porque mi yaya y yo estábamos muy unidas y comprender que había llegado el momento de separarnos ha sido muy difícil. Por eso he intentado estar junto a ella todo el tiempo posible, sin faltar al hospital ni un solo día. Ella hubiera hecho lo mismo por mi. Muchas veces le he dicho: "Yaya, ¿te acuerdas cuando yo era pequeña y tu cuidabas de mi si me ponía malita? Pues ahora soy yo la que cuida de ti para que te pongas bien pronto y nos vayamos a casa." Sólo que esta vez no ha podido ser. No sabéis cómo la voy a echar de menos después de estar juntas toda la vida. La de momentos maravillosos que hemos compartido las dos. En estos meses hemos tenido tiempo de repasarlos todos. La verdad es que nos entendíamos a la perfección, a veces incluso sin palabras. Es difícil de explicar pero me bastaba mirarla para saber qué estaba pensando y cuando se lo decía a ella siempre sonreía. Por eso la entrada de hoy se la quiero dedicar a mi yaya Hortensia, mi sorianita como le decía yo a veces porque ella siempre tenía muy presente su tierra, Soria y en especial su pueblo, Ontalvilla de Valcorba. Qué contenta se ponía cuando cantábamos las sanjuaneras. Y no había día en el hospital que no viéramos en el Google Maps la casa de sus padres, de su hermana Constancia o la finca de su hermano Germán y siempre, siempre, siempre le brillaban los ojos de emoción, como a mi ahora al recordarlo.


Por eso hoy esta receta se la quiero dedicar a ella. Yayita estas son las tortas de manteca que me comprabas en Ontalvilla cuando yo era pequeña. ¿Te acuerdas que hace pocos días te decía lo mucho que me gustaban junto con las paciencias? Hoy las he hecho para ti, espero que te gusten.

Para los que no las hayáis probado nunca os diré que son uno de esos deliciosos sabores de antaño, de matices inconfundibles, involvidables que además para mi están llenos de recuerdos. La verdad es que estas tortas no se elaboraban en Ontalvilla porque siendo un pueblo tan pequeño (unos 45 habitantes) por aquel entonces ni siquiera tenía panadería. Así que ya no recuerdo bien si era una o dos veces por semana cuando venía, con una furgonetilla, el panadero de Martialay a vender el pan de hogaza y los dulces. Para una niña pequeña como yo entonces, era casi mágico ese momento en el que la furgoneta Citroën 2CV se detenía y en mitad de la calle abría por fin la puerta trasera para dejar a la vista el surtido de dulces, tortas y panes muy bien dispuestos. Era casi tan emocionante como abrir los regalos de Reyes. Recuerdo que abría los ojos como platos, todo me llamaba la atención. Por eso me gustaba tanto acompañar a mi abuela a por el pan mientras por el camino le decía: Yaya, cómprame unas tortas y un paquetito de paciencias y ella siempre las había encargado para mi la semana anterior. ¡Qué ricas! Hacía años que no las había vuelto a probar pero no había olvidado su sabor, deliciosas. Saben a gloria bendita. Y ahora además he descubierto que hacerlas resulta muy fácil. Por eso hoy en homenaje a mi yaya quiero compartir la receta con vosotros. Si ella las hubiera probado les habría dado el visto bueno porque saben como yo las recuerdo, como las que ella me compraba. 


INGREDIENTES

1 Kg. de masa de pan (sobado), 200 grs. de azúcar para la torta y algo más para espolvorear por encima antes de hornear, media cucharadita de café de bicarbonato (rasa), algo de aceite de oliva o de girasol (a vuestra elección) para pintar las tortas antes de llevar al horno y entre 350 y 450 grs. de manteca de cerdo a temperatura ambiente. 

Como véis no hay demasiados ingredientes y además son bastante asequibles. Lo más "complicado" es conseguir la masa de pan. Tan sencillo como comprarla en vuestra panadería de confianza, siempre y cuando sean ellos mismos los que la elaboren. Hoy en día todo el mundo tiene cerca alguna tahona. Normalmente con encargarla el día de antes suele ser suficiente pero por si acaso siempre es mejor preguntar. Seguramente cuando vayáis a recogerla tendrán la masa en una cámara refrigerada así que el primer paso a seguir nada más llegar a casa es dejarla en la encimera de la cocina hasta que se atempere. En ese momento estiramos la masa dándole forma redonda con ayuda de un rodillo hasta conseguir un grosor de 3 ó 4 centímetros y espolvoreamos por encima el bicarbonato procurando que esté bien repartido.  Seguidamente hacemos lo mismo con los doscientos gramos de azúcar y por último encima colocamos la manteca en pequeños montoncitos esparcidos por igual. Doblamos la masa por la mitad como si fuéramos a cerrar un bocadillo (con el bicarbonato, el azúcar y la manteca en su interior) y amasamos.  La cantidad de manteca que necesitéis dependerá un poco de la masa de pan que utilicéis, cada una es distinta de modo que puede que unas admitan más cantidad que otras. Por eso os recomiendo que empecéis añadiendo sólo 350 gramos y después que amaséis bien. Si tenéis un robot es la ocasión perfecta para dejarle a él el trabajo "duro". Si os preguntáis cómo sabréis si tenéis que añadir más manteca o no, echad un vistazo a este vídeo donde se ve cómo las preparan. Fijaros en la consistencia que debe tener la masa, se debe de pegar un pelín en las manos al intentar trabajarla. Por eso al estirarla para formar las tortas es tan importante enharinar bien la superficie de trabajo y las manos, para que no se rompa. Si después de añadir los 350 gramos vemos que admite más cantidad le añadimos otro pequeño pegote de manteca (como unos 60 grs) y volvemos a amasar hasta que se incorpore totalmente. Si tenéis miedo de pasaros guardaros desde el principio una pequeña porción de masa de pan (unos 50 grs) para poder rectificar si le habéis puesto mucha manteca. Cuando la masa esté lista la dividimos en cuatro partes y la estiramos con ayuda de un rodillo hasta dejar un grosor de 2 centímetros, dándole la forma que aparece en el vídeo (ovalada). Ahora es necesario un pequeño reposo de unos treinta minutos. Pasado ese tiempo untaremos cada torta con un buen chorro de aceite que repartimos homogeneamente con ayuda de la mano (bien limpia). Lo podéis ver en el vídeo. El aceite nos servirá para que a continuación se pegue el azúcar.  ¿Que cántidad espolvoreamos sobre cada torta? La que nos quepa en un puño. Si tenéis la mano muy grande, más o menos las 2/3 partes de su capacidad. Y ahora ya sólo tenemos que llevarlas al horno que deberá estar a temperatura alta, alrededor de 210º durante unos 15 minutos. De todos modos vigilad bien porque ya sabéis que cada horno es un mundo. En mi horno antiguo a 225ºC se hubieran carbonizado en menos de 10 minutos, sin embargo con el que tengo ahora para alcanzar ese efecto empleando el mismo tiempo tendría que ponerlo a 250ºC. Depende de cuanto caliente vuestro horno y de que temperatura máxima pueda alcanzar. Como consejo os diría que dependiendo de la potencia del mismo la temperatura puede rondar entre 190 y 225ºC. Lo importante es vigilar que las tortas no se doren demasiado porque tienen que quedar más bien blanquitas o un pelín doradas. En ningún caso tenéis que esperar a que el azúcar se caramelice. El azúcar tiene que formar una costra blanca, sin tostar. Una vez fuera del horno lo mejor es dejarlas reposar para que se enfríen del todo antes de guarlardas en bolsas de plástico que es donde mejor se conservan. La buena noticia es que pueden aguantar bien durante unos cuantos días. Además, al tener mucha cantidad de manteca, cuando se quedan un poco secas se puede calentar el trozo que nos vayamos a comer durante unos 10 segundos a 360W de potencia en nuestro microondas. Lo dejamos reposar fuera durante un minuto y listas para comer, deliciosas.


Antes de terminar quería deciros que después de estos meses necesito un tiempo para descansar y volver a poner las cosas en orden así que hasta diciembre no volveré a publicar nada en el blog. Esta vez sí, espero regresar con alguna de las sorpresas que tenía pendientes para este verano. 

Y no me puedo despedir sin rendirle un último homenaje a mi yaya. ¿Veis que guapa era? Y no sabéis que presumida, siempre impecable. Sí, esa pequeñaja que aparece con ella soy yo, vestida de sevillana y en la foto de abajo empujando mi carrito. La verdad es que lo único que me ha faltado ha sido meterme con ella en la cocina mano a mano. Sólo recuerdo que siendo yo una enana me gustaba ayudarle a preparar empanadillas. Ella las rellenaba y yo a su lado, con un tenedorcito, les iba haciendo las muescas. Aunque lo cierto es que quien normalmente cocinaba por aquel entonces era mi madre y mi yaya era quien hacía los dulces de toda la vida, hasta que después mi madre tomó el relevo también en eso y ahora el suyo lo he tomado yo. 

Cómo me gustaban sus rosquillas. Lástima de recetas porque mi abuela tenía muy buena mano para los dulces. Cuando se casó y se vino a vivir a Logroño bajaba a la panadería de Garpesa a hornear las madalenas, rosquillas, coquitos, sobaos o bizcochos de nata que hacía y las hijas del dueño siempre le decían: "Hortensia, te vamos a tener que traer aquí de respostera que nos vas a quitar el puesto". Mi madre dice que hacía unos bizcochos de nata que eran la envidia de sus amigas, cuando iban a merendar a casa. En aquellos tiempos compraban la leche en una vaquería y mi abuela guardaba en la nevera la nata que se formaba al hervirla, para hacer sus famosos bizcochos. Yo no se los he visto pero sí he tenido la suerte de probar esa nata y la leche fresca recién ordeñada cuando íbamos a Ontalvilla, en casa de mi tía Pilar (su hermana). ¡Qué cosa más rica! No se parece a ninguna otra ni de lejos aunque ahora, acostumbrada al aguachirri que venden en los supermercados, probablemente me parecería demasiado fuerte.  Otra cosa que también recuerdo de aquellas visitas al pueblo con mi abuela es que no nos íbamos nunca sin pasar antes por Cadosa a comprar la deliciosa mantequilla de Soria dulce. Por eso, si os habéis fijado bien, la habréis descubierto en las fotos, no podía faltar. Recién hecha es tan esponjosa que puede modelarse dentro de su envase con la forma característica que le da la manga pastelera. Y el sabor es insuperable, simplemente untada con pan o sobre unas galletas. Sólo os diré que a mi me la tenían que esconder porque desaparecía como por arte de magia.

Lo que sí recuerdo bien de aquella época es que cuando mi abuela se marchaba a Ontalvilla una temporadita, siempre hacía algo dulce. Los días previos los pasaba normalmente en la cocina preparando decenas de rosquillas para llevar a todos los hermanos. También había dulces para repartir entre los más pequeños. Nunca faltaba un paquetito de garrapiñadas para cada uno, sin olvidarse de nadie. Y como tenía tanto salero y tanto sentido del humor, los más pequeños estaban encantados. Cómo los entretenía y jugaba con ellos haciéndoles rabiar a los niños y a los no tan niños. Tal vez por eso la querían tanto. Seguro que desde donde esté le habrá hecho muchísima ilusión ver que todos han querido venir a darte el último adiós. 

Y ahora a la que le toca despedirse es a mi. Yaya, esta despedida me recuerda cuando siendo yo pequeña te marchabas a pasar una temporada a Ontalvilla. Menuda llorera me pegaba porque no quería separarme de ti. Hoy me siento otra vez como esa niña. Sólo puedo decir que ha sido un placer y un honor compartir contigo este camino. Ojalá hubiera sido más largo pero volveremos a encontrarnos en otro sitio donde yo pueda enseñarte a hacer estas tortas y tu esos bizcochos con nata de los que tanto me han hablado. Pocas cosas te puedo decir que no te haya dicho ya mil veces: Que te quiero mucho, que has sido un ejemplo para todos nosotros, que te vamos a echar mucho de menos, que nos has regalado momentos maravillosos, que me siento muy orgullosa de ser tu nieta y que nunca olvidaré como hasta el último momento tú también tratabas de decirme lo mucho que me querias apretándome con fuerza la mano. Yaya, gracias por ser así. Tu recuerdo siempre, siempre, siempre estará con nosotros. Adios yayita, adios...