Me encanta cuando llega el verano y se pueden disfrutar unas buenas sardinas en todo su esplendor: buen precio, buen tamaño y mejor sabor gracias fundamentalmente a que las reservas de grasa de este pescado azul se encuentran en su momento óptimo y no es casualidad. En los meses de verano aumenta la temperatura del agua lo que hace que el placton sea más abundante. Y como hay más comida disponible, las sardinas aprovechan y se ponen moradas lo que produce un aumento en su grasa corporal y eso se traduce en que al comerlas resultan más sabrosas y aromáticas. Sólo durante estos meses es como si pasaran de ser jamón serrano a convertirse en un auténtico pata negra. Así que antes de que se acabe ese momento mágico, os invito a que disfrutéis de todo su sabor si todavía no lo habéis hecho.
Hay mil maneras de preparar las sardinas (las mejores a la brasa) pero ésta que os traigo hoy es la más sencilla de hacer en casa y la que nos permite disfrutar al máximo de todo su sabor. Es tan fácil que no requiere trabajo alguno. Hoy no os pongo cantidades ni ingredientes porque veréis que la cosa no tiene complicación. Se trata sólo de limpiar bien las sardinas bajo el grifo. Frotarlas con las manos para quitarles las escamas. A continuación las secamos con papel de cocina y mientras tanto vamos preparando la sartén tipo carmela. Para poner las sardinas tiene que estar bien caliente. No le ponemos nada de aceite porque con la grasa de las sardinas es suficiente. Salamos la sartén (según algunos cocineros esto ayuda a que no se peguen las cosas) y ponemos las sardinas enteras. Les añadimos sal en escamas. Las dejamos 3 ó 4 minutos por cada lado (dependiendo del tamaño) a fuego medio/alto y listas para comer. Cuando están bien hechas los lomos salen solos.






