Estamos casi en Navidad y hubiera sido imperdonable por mi parte no compartir con vosotros esta receta que es simplemente espectacular y que causa sensación desde el mismo momento en el que la sacas a la mesa. No, no es sólo el impacto visual. Todavía recuerdo el primer día que la preparé, las caras de asombro de los comensales. Aunque es cierto que al ver las granadas hubo quien se temía lo peor, también lo es que su cara cambió radicalmente al probar el primer bocado. Me encanta cuando después de unos segundos de silencio se empiezan a escuchar los primeros uuuuummmmms, seguidos de "esto está muy rico". Y no creáis que esta vez era tarea fácil porque todos los comensales habían probado el cordero asado con la vinagreta extraordinaria que prepara mi madre y no era sencillo salir airosa de la inevitable comparación.
Desde pequeña recuerdo siempre las Navidades con el sabor de esa
vinagreta acompañando a los asados. Cuando era niña la veía como si
fuera una pócima mágica que transformaba todo lo que tocaba en algo
insuperable. Cuánta razón tenía y es que hay mucho de magia en la
vinagreta que prepara mi madre, tanta que parece como si el hechizo funcionara sólo
con ella. Por más veces que lo he intentado a mi nunca me sale igual aunque siga sus instrucciones al pie de la letra.
¿Será que sólo ella conoce la pócima secreta? En fin, que cuando no puedes superar algo, lo mejor es hacer otra cosa totalmente diferente.
Y eso fue precisamente lo que hice: crear mi propia vinagreta inspirándome en la receta de mamá y en una receta griega del maravilloso libro de María Bernardis del que ya os he hablado en otra ocasión. El resultado, como os decía, fue una auténtica delicia. Vamos, hasta mi madre sucumbió a sus encantos. Creo que esta vez la magia la hice yo (je,je,je) y ahora también podéis hacerla vosotros. ¿Queréis saber cómo? Pues pasad hasta la cocina....
Y eso fue precisamente lo que hice: crear mi propia vinagreta inspirándome en la receta de mamá y en una receta griega del maravilloso libro de María Bernardis del que ya os he hablado en otra ocasión. El resultado, como os decía, fue una auténtica delicia. Vamos, hasta mi madre sucumbió a sus encantos. Creo que esta vez la magia la hice yo (je,je,je) y ahora también podéis hacerla vosotros. ¿Queréis saber cómo? Pues pasad hasta la cocina....








