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Buñuelos de bacalao

Bueno, después de las vacaciones quería compartir esta receta con vosotros. Son unos buñuelos de bacalao que preparé en Semana Santa y que según mi padre, sabían a gloria bendita. Y en esto él es el experto porque mi abuela paterna era una extraordinaria cocinera y ella los bordaba cualquiera que fuera el ingrediente del relleno. A falta de sus recetas y consejos decidí echar mano de un libro de Rick Stein que me encanta, Mediterranean escapes. Ya os he hablado de él en alguna ocasión porque su forma de cocinar y sus programas de televisión me vuelven loca. Este libro recoge las recetas de una de mis series favoritas, Las escapadas mediterráneas de Rick Stein donde por supuesto no podía faltar una pincelada de la gastronomía española. Como os imaginaréis los buñuelos de bacalao son de esos platos de la cocina de toda la vida a los que en cada casa acaban dándole su toque personal. Hay quién le añade cerveza o levadura  a la masa, otros le ponen patata, algunos incorporan piñones, azafrán. Hay tantas combinaciones como se os ocurran y todas suelen tener en común el bacalao, el ajo, el perejil y los huevos que dan ligazón a la masa. Si os animáis a probarlos veréis que su sabor es suave y delicado y el interior, como se aprecia en las fotografías, queda muy, muy cremoso.
INGREDIENTES
500 grs. de bacalado en salazón, 1 hoja de laurel, 400 grs. de patatas, 50 grs. de harina, 3 huevos medianos,  2-3 dientes de ajo grandes, un puñado de perejil fresco, sal y pimienta

Para nuestro falso alioli necesitaremos:

6 cucharadas colmadas de mahonesa, un diente de ajo grande y 8-10 gotitas de limón
Antes de empezar con la receta tenemos que desalar el bacalao. Lo mejor es preguntar en la tienda donde lo hemos comprado cuanto tiempo necesita pues dependerá en buena medida del grosor de las piezas. Lo normal es tenerlo a remojo en la nevera bien cubierto con agua durante 48 horas y realizando 2 ó 3 cambios al día. En el último podemos sustituir el agua por leche para conseguir que quede más cremoso. 

Una vez desalado el bacalao lo introducimos en un cazo con agua fría, sal y una hoja de laurel y lo dejamos hasta que empiece a hervir. El agua debe cubrir por completo el bacalao. Cuando empiece el primer hervor apagamos el fuego, tapamos el cazo y dejamos reposar durante unos 10 minutos.  Transcurrido ese tiempo pasamos el bacalao a un plato y reservamos el líquido resultante de la cocción. Cuando se haya templado el pescado con ayuda de un tenedor retiramos la piel. A mi me gusta aprovecharla para darle un plus de sabor a las patatas que ya tendremos peladas y cortadas como si fuesen para tortilla. Seguidamente las incorporamos al cazo donde hemos puesto a hervir el bacalao y añadimos también las pieles que le acabamos de quitar. Dejamos al fuego durante unos 15 minutos hasta que las patatas estén bien cocidas y empiecen a deshacerse. Durante este tiempo absorberán el sabor que el bacalao y sus pieles han dejado en el agua quedando así más sabrosas.  Mientras se hacen vamos desmenuzando el bacalao procurando quitarle bien todas las espinas. Cuando las patatas estén listas retiramos las pieles y las escurrimos bien para evitar un exceso de agua. Seguidamente, con ayuda de un tenedor las machacamos y mezclamos con el bacalao. Salpimentamos y reservamos.

Mientras tanto en otro cazo ponemos a hervir 300 ml de agua junto con dos cucharadas de aceite de oliva. Cuando se produzca el primer hervor retiramos del fuego y añadimos la harina que mezclaremos con ayuda de una cuchara de madera para que se integre bien, hasta formar una pasta. Conviene dejarla reposar unos minutos antes de incoroporar los huevos para evitar que cuajen por un exceso de temperatura. Una vez que se ha enfriado un poco los añadimos uno a uno. Nos ayudaremos de una cuchara de madera de para incorporarlos bien a la pasta. Hasta que no se haya integrado totalmente el primero no incorporaremos el siguiente, siguiendo el mismo proceso con los otros dos.

Una vez lista la pasta le añadiremos la mezcla de patatas y bacalao, los dientes de ajo bien picados y el perejil fresco al gusto. Llevamos nuevamente nuestro cazo al fuego para conseguir espesar la mezcla, como si estuviéramos trabajando con una bechamel. Es importante que el fuego esté suave (yo lo puse al 5) y que no dejemos de remover constantemente durante unos 10 minutos. Transcurrido ese tiempo nuestra pasta tendrá un aspecto como de bechamel para croquetas. Ya podemos pasarla a una fuente y dejarla reposar al menos 30 minutos para que coja algo de cuerpo. También podemos prepararla con antelación y dejarla reposando toda la noche en la nevera que es exactamente lo que hice yo. En ese caso es mejor cubrir la fuente con papel film para evitar que se forme una costra en la superficie. Al día siguiente, cuando los vayamos a freír ponemos un par de dedos de aceite en una sartén y con ayuda de una cuchara vamos haciendo bolitas o quenelles como hice yo y las echamos en el aceite. No importa si quedan irregulares.  Lo importante es que el fuego no esté muy alto para que no se quemen. Yo lo puse al 5 y los dejé hasta que se doraban por una cara, entonces les daba la vuelta. Cuando estén listos sacamos con una espumadera y añadimos sal en escamas por encima.

Quedan estupendos si los acompañamos con una salsa tipo alioli para mojar. Yo para no complicarme la vida la suelo preparar batiendo 6 cucharadas soperas de mahonesa de bote con un diente de ajo grande y unas 8 gotitas de limón y queda deliciosa. Y con los buñuelos forman la pareja perfecta. Espero que os gusten.

Las deliciosas patatas con bacalao de mamá

Hoy tengo que confesaros algo: no he cocinado yo. Hoy vengo a mesa puesta. Sí, estas deliciosas patatas con bacalao las ha hecho mi madre pero no he podido resistirme a hacerles unas fotografías para compartirlas con todos vosotros porque están tan ricas que las tenéis que probar. Es una de esas recetas que ha ido pasando de generación en generación en mi familia. Mi abuela se la enseñó a mi madre y ahora ella me la ha enseñado a mi. Y como las dos son excelentes cocineras el resultado está para chuparse los dedos. Así que aprovechando que parece que bajan otra vez las temperaturas, este fin de semana podemos darnos el gustazo de disfrutar con un auténtico manjar que más fácil no puede ser.


La única complicación que tiene este plato es que al utilizar bacalao seco primero lo tenemos que desalar pero ya veréis que es muy sencillo. Como sabéis la salazón es una técnica  de conservación de los alimentos casi tan antigua como la humanidad. Sus orígenes se remotan al Egipto de los faraones quienes ya secaban, salaban y prensaban las huevas de mújol para preservarlas durante más tiempo. Aunque fueron los fenicios los que dieron a conocer este alimento así como el método utilizado para su conservación a lo largo y ancho de todo el Mediterráneo. Según algunos expertos la etimología de Málaga provendría precisamente del término fenicio Malaka que significa "saladero de pescado". Lo cierto es que tiene su lógica que fueran los egipcios quienes descubrieran esta técnica porque no sé si alguna vez os habéis parado a pensar que la salazón tiene mucho que ver con otro proceso en el que los egipcios eran auténticos maestros: el embalsamamiento.  Egipto es un país rodeado de desierto. En los comienzos de la civilización egipcia los muertos eran enterrados en un simple agujero excavado en el suelo. En ocasiones esos enterramientos no eran lo suficientemente profundos y con el paso del tiempo el viento o los animales carroñeros terminaban por desenterrar los cadáveres y cual era su sorpresa: Gracias a la sequedad del clima y de la arena del desierto de forma totalmente natural el cadáver en a penas cuestión de días se había transformando en una momia. Conforme fue avanzando la civilización egipcia los métodos de enterramiento de las clases altas de la sociedad (para diferenciarse de los curritos) también se fueron sofisticando y pronto dejaron de enterrarse en el suelo del desierto para hacerlo en cómodos hipogeos y mastabas. Pero entonces se dieron cuenta horrorizados de que los cadáveres que no se enterraban bajo la arena del desierto sino en un cómodo ataúd bajo una costrucción de adobe, lejos de momificarse, seguían un proceso de deterioro que acababa por descomponer totalmente el cuerpo. Así que empezaron a investigar para encontrar la manera de conseguir artificialmente lo que el desierto de Egipto lograba de forma natural: la momificación de los cadáveres. Esto era importantísimo porque los antiguos egipcios creían en la vida en el más allá así que debían preservar su cuerpo para la eternidad. Con el tiempo, a través del método de ensayo y error acabaron perfeccionando el proceso de momificación que consistía fundamentalmente en retirar primero los órganos internos del cadáver (realizando varias incisiones) y posteriormente sacar la humedad del mismo para evitar la putrefacción. ¿Y cómo lo hacían? Pues si hacemos caso a Heródoto, utilizando una sal llamada natrón con la que cubrían el cuerpo durante 70 días hasta que la humedad del cadáver había desaparecido por completo.  Y como en ausencia de humedad las bacterias no pueden proliferar, los cuerpos mantenían su aspecto reconocible durante miles y miles de años. Algunos han llegado en perfectas condiciones hasta nosotros (casi 3.000 años después).  Si los egipcios fueron capaces de conservar sus propios cuerpos con tanto éxito, cómo no iban saber qué hacer para conservar unas huevas de mújol. Así que aplicando los mismos principios, es decir, utilizando la sal para extraer la humedad del producto consiguieron también en este caso preservar las huevas de mújol durante más tiempo, para evitar que con el calor de Egipto algo que para ellos constituía un auténtico manjar, se echara a perder fácilmente. Para que luego crean algunos que los antiguos egipcios no eran inteligentes. La de cosas que hemos heredado de ellos. ¿A qué nunca se os hubiera ocurrido pensar que el bacalao seco es en realidad un bacalao momificado?.... Por eso para consumirlo antes lo tenemos que volver a hidratar, matando así dos pájaros de un tiro: por un lado convertimos nuestro bacalao seco en un producto fresco y jugoso y por otro retiramos el exceso de sal.

Tortiera di patate e carciofi -lasaña de patata y alcachofas-

Siempre he pensado que esos cuadernos de cocina en los que nuestras abuelas apuntaban sus recetas son un auténtico tesoro. Muchos merecerían seguro ser editados. Están llenos de platos sencillos pero sabrosos, elaborados con ingredientes de temporada entre otras cuestiones porque en la mayoría de los casos era una cocina de subsistencia.  Se trataba de cocinar con lo que tenían más a mano. Ahí es donde entraba en juego el talento de cada uno para conseguir con algo de cariño e ingredientes bastante humildes un resultado sorprendente y vaya si lo conseguían. Apuesto a que algunos seríais capaces de vender vuestra alma al diablo por uno de esos cuadernos. Lo confieso, yo sí. ¿Os imagináis tener en vuestras manos los secretos de una auténtica mama italiana?   Pues eso es lo que sentí al ojear por vez primera My Calabria, un libro escrito por Rosetta Constantino. En la portada puede leerse: Cocina rústica familiar de una región desconocida del sur de Italia. Y eso es precisamente lo que nos vamos a encontrar.


Para los que no lo localicéis en el mapa os diré que Calabria es la península que conforma la punta de la bota italiana. Una remota porción de tierra con grandes contrastes en cualto al clima, tipo de cultivos o al paisaje: podemos encontrar majestuosos castillos y antiguas fortalezas en medio de parajes siempre verdes, frondosos bosques, cumbres nevadas que nos recuerdan a los paisajes suizos y miles de playas que conforman una costa virgen excepcional, la más larga de Italia, con vistas al Adriático y al Mar Tirreno. 

Calabria
 
Calabria

La economía de la Calabria rural se articula en torno a pequeñas granjas familiares. Rosetta creció en esta tierra montañosa, en una familia dedicada a la ganadería y a la elaboración de sus propios quesos.  Con tan sólo 14 años inmigraron a California (sí, habéis leído bien, vaya cambio). En su nuevo hogar recrearon una pequeña Calabria dentro de su propiedad manteniendo así las tradiciones familiares: siguieron elaborando su propia pasta o el queso ricotta. Como buenos calabreses cultivaban sus propios pimientos que después secaban para poderlos utilizar también durante el invierno. Aprovechaban los higos frescos para hacer mermelada que podían disfrutar después durante todo el año. Conservaban el atún en aceite de oliva. ¿Os recuerda esto a algo?  Pues eso es precismente lo que encontramos en este libro, la cultura gastronómica más popular, la de las abuelas, la que aprovecha los recursos que le brinda la tierra. El libro es igual de sencillo que sus recetas pero es simplemente maravilloso, como estos paisajes.  

Costa calabresa del Mar Tirreno

Vibo Valentia

Parque Nacional de Sila

Para estrenarlo me decidí a preparar el plato que os traigo hoy, aprovechando que todavía podemos encontrar alcachofas en el mercado. Me hizo gracia descubrir que también es uno de los preferidos de la autora. Je,je,je, ¡qué ojo tengo! Claro que no me extraña porque es una combinación de sabores deliciosa. Es el tipo del cocina del que antes os hablaba: pocos ingredientes pero con un toque especial (en este caso una costra crujiente) que transforma en sorprendente algo que de otro modo resultaría corriente. Me encantan estos pequeños descubrimientos porque son todo un tesoro. Ya lo intuía cuando compré el libro precisamente por tratarse de una región más bien pobre y con pocos recursos, algo que como véis no significa tener que renunciar a disfrutar con la comida. Los calabreses preparan de este modo muchos vegetales como tomates, setas, champiñones, calabacines. Hay mil posibilidades. Dejad volar vuestra imaginación, es nuestro mejor aliado en la cocina.

INGREDIENTES

900 grs. de patatas peladas y cortadas bien finitas con ayuda de una mandolina (si no tenéis cortadlas a mano tan finas como os sea posible), un buen ramillete de perejil fresco (o en su defecto la piel de un par de tomates), dos docenas y media de alcachofas, aceite de oliva, sal, pimienta, 6 lonchas de pan bimbo o unos 150 grs. de pan fresco, 100 grs. de queso pecorino (lo podéis sustituir por un queso de oveja español, uno ahumado timpo Idiazábal iría perfecto y sino podéis utilizar parmesano o grana padano que es lo que utilicé yo),  6 cucharadas de perejil finamente picado (si no tenéis fresco utilizad de que viene en frasquitos de cristal), 5 dientes de ajo grandes.


En primer lugar vamos a pelar las patatas y las trocearemos finitas con ayuda de una mandolina. Si no tenemos, lo haremos a mano procurando que las rodajas nos queden tan delgadas como sea posible (unos tres milímetros de grosor). En esta ocasión no utilicé la mandolina y como las corté sin mucho miramiento quedaron demasiado gorditas aunque de sabor impresionantes. Así que os recomiendo tomaros vuestro tiempo para cortarlas bien finas si no utilizáis ningún artilugio. A continuación  las ponemos en un bol con agua templada, la suficiente para cubrir por completo todas las patatas. Reservamos.

A continuación vamos a limpiar las alcachofas. Antes de empezar debemos preparar un bol grande con agua en el que podamos ir echando las que estén ya limpias. A mi no me gusta utilizar limón para evitar que se oxiden porque se come todo el sabor de la alcachofa así que utilizo siempre un buen manojo de perefil fresco o la piel de un par de tomates. Cualquiera de los dos remedios es infalible para impedir que se nos oxiden sin renunciar al sabor de esta verdura que es la reina de la huerta. Para evitar que las manos se nos pongan negras es mejor limpiarlas utilizando unos guantes. Con ayuda de un cuchillo vamos retirando las hojas exteriores hasta llegar al corazón. Nos daremos cuenta porque las hojas cambian de color y pasan del verde al amarillo. Una vez que hemos retirado las hojas partimos también el rabito. En esta ocasión no los vamos a utilizar pero si los pelamos están igual de ricos. Incluso en tortilla son un manjar. Bueno ahora que ya hemos retirado las hojas exteriores cortamos la alcachofa en horizontal y retiramos la parte superior que es más dura. El corazón lo partimos en dos ahora en vertical. Para esta preparación vamos a cortar cada corazón en cuatro trozos así que repetimos la operación e inmediatamente metemos en el bol donde tenemos el agua fría con perejil fresco. Es importante colocar una tapa o algo en nuestro bol para que todas las alcachofas se mantengan sumergidas mientras las vamos limpiando porque sino la parte que estuviera en contacto con el aire se oxidaría. Cuando estén ya todas limpias en una cazuela grande ponemos algo de aceite de oliva y un diente de ajo con piel. Encendemos el fuego y una vez que el aceite coja temperatura añadimos las alcachofas. Probablemente tengamos que hacerlo en dos tandas. Una vez las alcachofas en la cazuela ñadimos un chorrito de agua y algo de sal y dejamos a fuego medio-fuerte durante 12 minutos. Si se nos evapora todo el agua durante la cocción volvemos a añadir más. Al final nos tiene que quedar sólo el aceite.


Ahora vamos a preparar la mezcla de pan rallado con la que espolvorear las verduras para darles ese toque delicioso del que os he hablado. ¿Habéis probado alguna vez un mismo plato en dos sitios distintos y en uno de ellos tiene algo especial que nos hace pensar que está ummmm.....? Pues a eso me refiero. Para hacer la mezcla ponemos en nuestro robot de cocina (o en la batidora) el pan bimbo, el queso rallado, el perejil y los 4 dientes de ajo y trituramos bien. No importa si se quedan algunos trozos de pan más "grandecitos" así estarán más crujientes.

Ahora vamos a montar el plato para llevarlo al horno donde tiene que terminar de hacerse. Cogemos el bol donde habíamos colocado las patatas y sacamos unas cuantas con la mano sin molestarnos en escurrirlas ni en secarlas bien. Ese agua que nos llevamos es la que va a generar algo de vapor en el horno facilitando así una mejor cocción. Como las hemos cortado bien finitas hacemos una cama, solapándolas cuando sea necesario. El fondo debe quedar bien cubierto. Salpimentamos y regamos con un chorrito de aceite de oliva. A continuación reparitmos uniformemente sobre las patatas la cuarta parte de nuestra mezcla de pan rallado. Hacemos encima otra capa con la mitad de las alcachofas y otra vez espolvoreamos con la mezcla de pan rallado y añadimos un chorrito de aceite de oliva. Repetimos la operación con otra capa de patata, otra más de alcachofas y terminamos con una capa de patatas.  Todavía nos debe sobrar 1/4 parte de la mezcla de pan rallado. La reservamos. Cubrimos la fuente con papel albal y llevamos al horno a 180ºC durante 30 minutos.

Es importante utilizar una fuente que sea bien profunda porque sino no podremos hacer tantas capas. El plato podemos hacerlo justo antes de comer o cocinarlo a primera hora de la mañana y luego antes de servir darle un último golpe de calor. En este caso una vez transcurridos los 30 minutos apagamos el horno y lo dejamos reposar dentro hasta media hora antes de comer. En ese momento encendemos nuevamente el horno, retiramos el papel albal y ponemos el gratinador para que la capa superior de patatas coja algo de color. Una vez transcurridos 15 minutos espolvoreamos con la mezcla de pan rallado que habíamos reservado y dejamos hasta que ésta coja color. En ese momento sacamos del horno, dejamos reposar 5 minutos y ya está listo para hincarle el diente. Que lo disfrutéis, está delicioso y no es tan laborioso como parece. Sólo hay que ponerse.

P.D. Gracias a todos los que os habéis animando a participar en el concurso, os deseo mucha suerte y buen fin de semana.

Tortilla de patatas guisada -deliciosa-

Ay madre, que blogger me ha triplicado el borrador de esta receta. A ver si hoy tampoco la voy a poder publicar. Muchos sabréis (lo habéis vivido en vuestras propias carnes) que la semana pasada blogger se volvió loco. A mi me desapareció esta receta, bastantes comentarios, algunos seguidores. En fin, un desastre. Llevo intentando publicarla desde el miércoles. Primero se me borró y luego durante varios días no me dejaba acceder para poder editar y enviar. Así que crucemos los dedos para ver si por fin hoy puede ser....

La tortilla de patata es sin duda alguna la receta estrella de la cocina española. No hay un hogar en el que no se prepare con cierta frencuencia ni una receta que, con tan pocos ingredientes tan sumamente humildes, nos proporcione mayor satisfacción. Como la mayoría sabéis hacerla hoy os propongo otra alternativa, una vuelta de tuerca más, la tortilla guisada. Pero no quiero olvidarme de que precisamente por ser algo tan común en nuestras cocinas siempre damos por sentado que todo el mundo sabe cómo hacerla y no siempre es así.


Cuando estaba en el primer año de carrera al finalizar los exámenes de junio me fui a la playa con unas amigas. Alquilamos un apartamento y nos tiramos descansando una semanita: sol, playa, piscina y más sol. El único esfuerzo que teníamos que hacer consistía en preparar la comida. Por aquel entonces todavía no sabía cocinar así que a parte de salchichas y la socorrida pasta con tomate de bote (por supuesto hervir y servir) nuestras cuatro cabecitas pensaron en algo rápido, fácil y rico y entonces se nos ocurrió hacer una tortilla de patata. Alguien preguntó ante el estupor de las demás, ¿sabéis exactamente cómo se hace?  Por favor, qué pregunta, era sólo una tortilla así que muy difícil no podía ser. A fin de cuentas todo el mundo sabía hacerla, ¿no? así que no hacía falta llamar a mamá, todo estaba controlado. Y dicho y hecho, nos pusimos manos a la obra de inmediato. Pelamos las patatas, batimos los huevos, lo mezclamos todo y a la sartén. Sí, habéis oído bien, ni se nos pasó por la cabeza que las patatas primero se tienen que freir así que bien cruditas fueron directas a la sartén por supuesto con el fuego fuertecito para que se hicieran bien. Sí, lo habéis adivinado, también se nos quemó la tortilla y para completar la ley de Murphy al ir a darle la vuelta se nos cayó la mitad en la encimera, salvo la costra chamuscadita que se quedó bien pegada al fondo. Aún así nos animamos a probar un pegote que se podía salvar pero ¡qué horror! la patata estaba ¿cruda?  Así que imaginaros dónde acabó todo: directamente en la basura. Por eso la primera parte de la receta de hoy se la quiero dedicar a todos aquellos que se enfrentan a su primera tortilla de patata. Para que no os pase como a mi. Veréis que si seguís mis consejos os va a quedar deliciosa.

Sepia en su tinta con skordaliá (Delicioso)

Hoy quiero compartir con vosotros un plato que si digo delicioso, seguro que me quedo corta. Ha sido uno de mis últimos descubrimientos y la verdad es que me ha encantado. Como no podía ser de otro modo está inspirado en una receta de mi adorada Tessa Kirós. No dejéis de probarlo si os gustan los ingredientes porque os sorprenderá, seguro.

Ya habréis visto que últimamente he estado un poco liada y no he podido actualizar el blog. Precisamente hoy he vuelto de Barcelona y a que no sabéis con quién he estado estos días, con alguien a quien tenía muchísimas ganas de conocer. Ya nos habíamos intercambiado correos antes porque cuando descubrí su blog fue como un flechazo, me encantó. Seguro que todos conocéis Friday Again porque tiene recetas deliciosas (y sino tenéis que pasaros por su página, es una tentación). Lo que seguramente no sabéis es que Antonia además de una gran cocinera es un encanto de persona, un cielo y haciendo honor a sus raíces almerienses, tiene ese gracejo andaluz tan característico que nos enamora a todos así que imaginaros cómo lo pasamos juntas, estupendamente bien. Lástima que olvidé la cámara de fotos en Logroño, os moriríais de envidia. Me llevó de tiendas por el barrio del Borne y dios mío, qué tiendas. Las dos tuvimos que contenernos para no dejar temblando la tarjeta de crédito porque ¡¡¡nos gustaba todo!!! Que dos patas pa un banco, igualitas las dos. Menos mal que precisamente por eso era tan difícil decidirse y al final nos limitamos a disfrutar de nuestro paseo y a charlar de nuestras cosas. Y descubrimos que no sólo teníamos en común nuestro interés por la cocina sino muchas cosas más. La verdad es que lo pasamos estupendamente bien, fue un placer. Y para darnos un homenaje entramos en Florentine a disfrutar de sus deliciosos cupcakes. Yo me decidí por uno de Tiramisú que estaba riquísimo así que si pasáis por allí no dudéis en hacerles una visita. Adémás la chica que nos atendió fue tan amable que estuvimos charlando con ella durante un ratito. La verdad es que se me pasó el tiempo volando. Antonia, tenemos que repetir.

Y volviendo a la receta de hoy, tengo que advertiros algo. No os dejéis llevar por la fotografía ya que la pobre sepia no ha salido muy favorecida. Es lo que pasa cuando tienes a la mesa a unos cuantos comensales impacientes que amenazan con lanzarse a la yugular si los tienes esperando más de veinte segundos, seguro que os ha pasado alguna vez (je,je,je).

Mi querida Tessa la acompañaba de polenta pero yo he preferido servirla con Skordaliá y el resultado no ha podido ser mejor, está delicioso. Supongo que casi todos estaréis pensando, ¿Skorda qué? Tranquilos, a pesar del nombre es algo muy sencillo. En realidad es un plato tradicional griego que como todos los platos de la cocina popular tiene tantas variantes como familias. Tal vez la versión más extendida sea la que se elabora a partir de patata cocida, ajo y aceite, ingredientes que se machacan en el mortero hasta formar una pasta (como haríamos con nuestro ali-oli). Otras versiones utilizan pan mojado en vez de patata, otras incluyen almendras y algunas también le añaden vinagre. En Bulgaria una versión del mismo plato aunque con distinto nombre (salsa Trakia) sustituye las almendras por nueces y la patata por el pan. Como véis las maneras de elaborarla son muy variadas. Yo para este plato he elegido la versión más sencilla y os puedo asegurar que queda deliciosa en combinación con la sepia. Animaros a probarla porque si os gustan estos cefalópodos os va a encantar. Eso sí, preparad una buena ración de pan porque se necesita.



INGREDIENTES

2 sepias grandes, 3 dientes de ajo, 1 chorrito de vino blanco, 400 grs. de tomate natural triturado, 4 sobres de tinta de calamar, 1 cuharada y media de azúcar

Para la Skordalià: 1 chorrito de limón, 6 patatas pequeñitas, sal, aceite abundante y 4 dientes de ajo

ELABORACIÓN

Empezamos limpiando la sepia y para ello le quitamos la cabeza y el hueso. Lo limpiamos bien bajo el agua y le quitamos esa telilla exterior que recubre todo el cuerpo. A continuación partimos los tentáculos en varios trozos y hacemos lo mismo con el cuerpo del cefalópodo. En una cazula ancha ponemos aceite de oliva y cuando esté bien, bien caliente añdimos los trozos de sepia. Es importante que la temperatura sea alta porque queremos conseguir un efecto plancha, o sea, que en poco tiempo se forme una capa dorada por fuera y se evaporte todo el líquido que suelta la sepia. Si tenéis cocina de induccion podéis utilizar la función turbo pero cuidado porque si la placa es muy potente y la dejamos más de diez segundos sin remover se nos puede chamuscar. Es importante que se dore bien por todas partes. Cuando la sepia esté lista añadimos los tres dientes de ajo bien picados. En el momento en que el ajo empiece a oler vertemos el chorrito de vino blanco y dejamos que se evapore un poco el alcohol. Mientras tanto abrimos las bolsitas de tinta de calamar y las diluímos en una tazita con cuatro cucharadas de agua. A continuación se las añadimos a la cazuela. Rehogamos e incorporamos seguidamente el tomate triturado, la pimienta y la sal. Dejamos a fuego fuerte cinco minutos hasta que se formen grandes burbujas. En ese momento bajamos el fuego al mínimo y dejamos cocer lentamente durante 40 minutos hasta que la sepia esté blanda y suave y la salsa tenga una consistencia algo espesita). Si fuera necesario, en caso de que la sepia se quedase sin salsa añadiríamos algo de líquido durante la cocción (agua). Antes de retirar del fuego añadimos una cucharada y media de azúcar para contrarrestar la acidez del tomate.

Para hacer la Skoraliá podemos cocer las patatas en el micro. Las envolvemos individualmente en papel film y las ponemos al máximo de pontencia hasta que estén bien, bien cocidas. Cuando estén listas las sacamos y las dejamos reposar media hora. Seguidamente las pelamos y partimos en trozos. Salamos generosamente porque la patata admite mucha sal. En la turmix o en cualquier robot trituramos los 4 dientes de ajo con el aceite de oliva virgen. Tradicionalmente se majaba en un mortero el ajo con el aceite y la patata pero así resulta más cómodo. En un bol grande con ayuda de un tenedor machamos la patata hasta obtener la consistencia de puré espeso. Añadimos un chorrito de limón y seguidamente con la mano de mortero vamos incorporando el aceite de oliva que hemos obtenido con el ajo triturado. Esto sí que no se puede hacer con la turmix porque de ese modo se saca la liga a las patatas y se obtiene una consistencia chiclosa muy desagradable. Así que mezclamos la patata con el aceite con la mano del mortero, como si estuviéramos haciendo un ali-oli. Tenemos que ser generosos con el aceite y la mejor manera de conseguir el resultado que más se adapte a nuestros gustos es ir probando según le vamos incorporando el aceite. La gracia es que tenga un saborcito a ajo marcado para que resulte un constraste interesante con la sepia. Para servir si queremos presentarla en una fuente colocamos una capa de skordalía (generosa) cubriendo el fondo y sobre ella ponemos la sepia en su tinta. Ya está listo para disfrutar.